Autor: Antonio M. L.

  • G. K. Chesterton y H. Belloc, justicia social y distributismo (II)

    G. K. Chesterton y H. Belloc, justicia social y distributismo (II)



    «Damos el nombre de Estado Servil a aquel régimen social en que las familias y los individuos se hallan en número tan considerable obligados por la legislación positiva a trabajar en beneficio de otras familias e individuos, que imprimen sobre toda la comunidad la marca de tal género de trabajo» H. Belloc.


    El Estado servil

    Belloc entiende que el Estado dividido en estas dos clases sociales no se presenta caracterizado por la institución de la propiedad entre ciudadanos libres, sino por la limitación de la propiedad a un sector marcadamente menor que la totalidad, entonces la sociedad se divide en dos clases sociales: la capitalista —poseedora— y la proletaria —desposeída—. El Estado es solamente servil cuando la compulsión de la ley positiva afecta a una masa tan considerable de trabajo obligatorio, que imprime su carácter sobre la comunidad entera. Ello genera la institución de la esclavitud. Un argumento contra la definición, según Belloc, consiste en afirmar que el hombre libre, aun compelido a trabajar y provisto de seguridad, se encuentra en mejores circunstancias que aquel hombre libre desprovisto de ella. Mas, aun así, el hombre no pierde la condición de siervo; «servil» mantiene íntegro su contenido definitorio. El régimen servil sigue siendo una institución del Estado cuando se une permanente e irrevocablemente en cualquier tiempo a una condición dada de seres humanos, como cuando afecta a una clase particular toda la vida. El Estado industrial da una Ley por la cual las condiciones de servidumbre no comprenden a aquéllos capaces de ganar con su propio trabajo por encima de cierta suma, sino a los que ganan por debajo de la misma.


    «Hecho tras hecho, pulgada a pulgada, mi soñada utopía iba coincidiendo con la Nueva Jerusalén» G. K. Chesterton


    La justicia social en el distributismo

    Para llegar a comprender cómo la sociedad de pequeños propietarios desaparece y ha lugar al sistema capitalista en la sociedad de la época, Belloc formula una breve tesis en su ensayo El Estado Servil: 

    «A una sociedad en que la mayoría determinante de las familias poseía capital y tierra, en que la producción se hallaba regulada por corporaciones autárquicas de pequeños propietarios, en que no se conocían la miseria y la inseguridad de un proletariado, vino a sustituirse la pavorosa anarquía moral contra la cual se dirigen hoy todos los esfuerzos morales, y que lleva el nombre de capitalismo

    ¿Cómo ocurrió semejante catástrofe? ¿Cómo se permitió que ocurriera, y de qué proceso histórico se valió el mal para imponerse? ¿Qué es lo que convirtió a una Inglaterra económicamente libre en la Inglaterra que vemos hoy, cuya tercera parte al menos se halla en la indigencia, cuyo noventa y cinco por ciento carece de capital y de tierra, y cuya industria y vida nacional están dominadas enteramente en su aspecto económico por una minoría aleatoria de hombres que manejan millones, por una minoría de dueños irresponsables y antisociales monopolios? 

    La respuesta más usual a esta cuestión fundamental de nuestra historia, y la que se acepta más fácilmente, es que tal desgracia sobrevino a raíz de un proceso material conocido con el nombre de Revolución Industrial. Se imagina, así, que el empleo de máquinas costosas, y la concentración de la industria y de sus enseres, esclavizaron, en virtud de un proceso ciego, ajeno a la voluntad humana, la actividad de la sociedad británica.  

    La explicación es falsa de medio a medio. Ninguna causa material de tal género determinó la degradación que padecemos

    Si el capitalismo no hubiera existido ya antes de la revolución industrial, esta hubiera resultado benéfica a los ingleses en la misma medida en que les resulto dañina. Pero el capitalismo —o sea, la apropiación por parte de unos pocos de las fuentes de la vida— se hallaba presente mucho antes de que sobrevinieran los grandes descubrimientos, y torció el efecto de estos y de las nuevas invenciones, convirtiéndolos así, de una cosa buena que eran, en una mala. Nuestra libertad no la perdimos por las máquinas, sino por la pérdida de un pensamiento libre».

    ¿Qué alternativa nos ofrece entonces el distributismo? Bien, enumeraba anteriormente los pilares fundamentales de este sistema: subsidiariedad y solidaridad. Subsidiariedad en cuanto al sistema político de organización. Una de las críticas a las economías planificadas es la falta de información con la que un Estado actúa para tomar decisiones económicas que afectan al conjunto de la población, de este modo es posible que se beneficie a una parte del conjunto; pero siempre queda excluida la mayoría. ¿Solucionaría la subsidiariedad este conflicto de intereses? Por supuesto que no, nunca podría tomarse una decisión que beneficiara completamente al conjunto, pero se pueden minimizar los perjuicios que se causen. Aquí nos habla Belloc de los gremios como sistemas autárquicos ante una aparente anarquía. 

    En pequeñas comunidades donde los gremios actúan no hay libre competencia, los artesanos de ésta se deben amoldar a lo acordado por el conjunto de los artesanos pertenecientes al gremio. Ello menoscaba gravemente el principio de libre competencia y de libre comercio aparentemente, no obstante es un modo por el que se evita que unos artesanos acaben —como he expuesto en el Capitalismo— derivando en monopolios y excluyendo del mercado a los demás artesanos, condenándolos al mero trabajo asalariado y al consumo de los bienes en el mercado como única opción.  

    El modo de toma de decisiones es muy relevante en un Estado, como decía no se pueden tomar las mismas decisiones para un productor de arroz en Asia —donde existe un clima húmedo propicio para el cultivo de arroz— a uno que cultive el mismo producto en una zona árida. El primero de ellos naturalmente producirá arroz en mayores cantidades por sus condiciones óptimas, el otro, si es que lo logra, tendrá una menor producción; pero tal vez el segundo productor lo haga para una pequeña comunidad que no demanda 

    embargo, el primero lo haga para una comunidad grande y pueda permitirse vender sus excedentes a otros productores.  

    Si el Estado toma decisiones en favor del segundo productor, que naturalmente obtendrá un menor beneficio económico, perjudicará al primero; si toma decisiones a favor del primero, que es produce más, perjudicará al segundo. ¿Y si el Estado expropia las tierras de ambos y decide él cómo producir centralizadamente? Entonces tanto asiáticos como africanos morirán de hambre porque no tomará las decisiones adecuadas y no sacará el máximo provecho. Sería impensable creer que lo podría hacer bien decidiendo el destino de dos cultivos en dos continentes distintos desde un Ministerio en una Capital occidental.

    Otro fundamento, ligado al anterior, es la solidaridad. En el ideal social del distributismo, la comunidad es fundamental, entiéndase por comunidad toda agrupación de personas, desde la familia —base fundamental— hasta el barrio, la ciudad y el país. Desde esta perspectiva social y cristiana se puede ver la comunidad como un grupo de individuos que cooperan entre sí y que se apoyan mutuamente, foco donde nace la solidaridad.  

    El estatismo, sin embargo, produce el efecto contrario: deshumaniza al individuo, disgrega la comunidad y convierte a cada sujeto en un individuo aislado y dependiente no de su comunidad, sino del Estado. A la sazón, la comunidad permite el desarrollo del individuo en su esfera más intima y en su esfera social.


    Bibliografía:

    Belloc (2018), El Estado Servil 

    Chesterton (2009) p. 142. Ortodoxia

    https://mises.org/es/mises-wire/no-la-ciencia-no-ha-demostrado-que-mises-se-equivocara-sobre-elsocialismo — Publicado el 20 de febrero de 2024, revisado el 27 de abril de 2024 

    https://www.youtube.com/watch?v=uoWWL5APfew&pp=ygUTbWlndWVsIGFueG8gYmFzdG9zIA%3D%3D  —Publicado el 12 de junio de 2023, revisado el 27 de abril de 2024 Cristianismo y economía de mercado con Miguel Anxo Bastos.